La luminosidad es un factor fundamental en el alumbrado público. Para iluminar adecuadamente la zona, la luz no debe ser demasiado intensa, ya que podría provocar deslumbramiento o contaminación lumínica.
En un mundo ideal, el alumbrado público sería económico y energéticamente eficiente para el vecindario, y al mismo tiempo proporcionaría suficiente luz para brindar a los vehículos y peatones una sensación de seguridad. Esto indica que el brillo debería ser el adecuado (no tan brillante como para desperdiciar energía o incomodar a la gente), pero lo suficientemente brillante como para iluminar la calzada y sus alrededores.
La ubicación de la farola, el tipo de bombilla que se utilice y las condiciones ambientales pueden afectar la intensidad de la luz. Las luces de las calles en zonas residenciales se pueden atenuar para minimizar las molestias a la población local. Sin embargo, en lugares comerciales con un tráfico considerable de peatones y vehículos, a menudo se requiere una mayor iluminación por razones de seguridad.
El alumbrado público puede atraer la atención hacia detalles arquitectónicos y otros servicios, mejorando el atractivo de una comunidad además de garantizar la seguridad. Cuando se hace bien, puede fomentar un ambiente acogedor y agradable que invite a los visitantes a pasear y contemplar el paisaje nocturno.
En conclusión, la luminosidad adecuada de una farola debe elegirse teniendo en cuenta una serie de variables y procurando proporcionar una iluminación suficiente sin tener un impacto negativo. El alumbrado público puede ser una característica útil para cualquier comunidad si se diseña y se piensa con cuidado.
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